Por fin conseguí sacar un rato y ver una de las películas más polémicas (por lo
menos en lo que a reacción de la crítica se refiere) del pasado año: “Tenemos
que hablar de Kevin”. Y bueno, la verdad es que, aunque entiendo que haya
gente a la que haya sacado de sus casillas, me ha gustado bastante.
Una mujer de mediana edad, que vive una vida triste y
solitaria, es una paria en su ciudad de residencia. Mediante una serie de
flashbacks, que muestran la complicada educación de su complicado hijo Kevin y
su tremenda vinculación, el espectador
va conociendo los motivos de su situación actual y sus remordimientos.
La cinta presenta una muy interesante ambigüedad a la hora
de valorar la relación madre-hijo. Hay momentos en los que la actuación
del hijo resulta del todo despreciable y
mezquina, pero en otros momentos, se
siembran en el espectador dudas sobre si el hijo es realmente tan malvado y
manipulador, o si es la actitud de la madre hacia este lo que hace que se vea
como negativo lo que en principio podría ser normal. Y es que en un primer
momento se nos muestra a la madre como una mujer muy independiente y
libre, amante de los viajes y poco dada a mantenerse siempre en el mismo sitio.
De esta manera, se presenta al personaje como alguien que, a priori, no parece
tener mucho interés en la maternidad. A
este respecto hay momentos muy buenos relativos a los primeros meses de vida
del bebe, en los que llora continuamente, pero solo cuando esta con la madre, o
así lo percibe ella… Conforme va creciendo el niño, la cosa tampoco mejora
mucho, y se da entre el niño y la madre una relación tremendamente complicada,
que muestra al niño como un auténtico tirano, capaz de lo que sea (hasta de
cagarse encima hasta los 6 años…) para hacerle la vida imposible a su madre. ¿O
son todo imaginaciones de la madre?
A la par que se va mostrando el crecimiento del niño, se va
viendo también cual es la situación actual de la mujer. No es aceptada por
prácticamente nadie de su ciudad, ya que la consideran culpable de la desgracia
que causó su hijo, lo que la motiva a vivir una vida cada vez más cerrada en si
misma e infeliz. Aunque aquí también podemos ver cierta ambigüedad, ya que
dado lo surrealista de algunos asaltos que sufre por parte de sus vecinos, y el
que mucho del acoso que le hacen quede en off, deja también la duda
de si no serán fruto de la mente de la madre arrastrada por la culpabilidad de
no haber sido una buena madre para su hijo.
Como ya he dicho en el primer párrafo, no me cuesta entender que esta película puede generar cierto rechazo, ya que el acercamiento al tema es bastante esteticista, y por momentos, casi cercano a lo más negativo del estilo videoclipero (montaje sincopado, filtros de luz, planos muy cerrados sobre objetos...), y algún espectador puede considerar (no sin motivos) que es bastante sensacionalista. De primeras a mi mismo me echó un poco para atrás la primera secuencia, con la protagonista en un plano cenital con los brazos en cruz arrastrada por la masa sobre sus cabezas rodeada de rios de líquido rojo durante la Tomatina de Buñol (¿?), una manera probablemente demasiado obvia de mostrar la importancia que va a a tener la sangre en la historia que vamos a ver. Pero la verdad es que si algo hace que la película funcione, o por lo menos que a mí así me lo parezca, es la puesta en escena y el contarla mediante flashbacks, ya que esta narrativa es la que le da cuerpo a la película. A medida que va avanzando, uno se acostumbra al tono de la película, y por lo menos en mi caso, llega a disfrutar de como esta contada, culminando con un final muy ambiguo y que da nuevas lecturas a la cinta.

Una película interesante, que arroja una de las visiones de la maternidad y de las relaciones materno-filiares menos complacientes que se ha visto en mucho tiempo. ¡Ah! Y atentos los fans de Radiohead, que la banda sonora esta compuesta por su guitarrista, Johnny Greenwood, realizando aquí una de sus cada vez más frecuentes incursiones en el cine.