Al fin he podido agenciarme el
documental del que todos los medios especializados en cine y música estaban
hablando, “Searching for Sugar Man”. Y no sé si será por las expectativas tan
altas que me había hecho, pero, aunque me ha gustado, después de tanto halago,
esperaba más.
Rodriguez es un cantautor de Detroit que a inicios de los 70 sacó dos discos que tuvieron críticas estupendas, pero que no lograron el éxito comercial que merecían. Excepto en un sitio, Sudafrica, país en el que su mensaje caló profundamente entre la juventud que acabaría derrocando el Apartheid, llegando a un nivel de popularidad digno de los Beatles o Dylan, a pesar de la rígida censura y bloqueo internacional al que los sudafricanos se vieron sometidos en aquellos años. Pero él solo fue consciente de su fracaso, lo que hizo que se retirara, desatando todo tipo de teorías sobre su situación. ¿Estaba vivo? ¿Se quitó la vida sobre un escenario? ¿Se prendió fuego ante sus fans? Durante mucho tiempo nadie supo de él, hasta que desde Sudafrica se puso en marcha una investigación para saber que había sido de él…

Otra cosa que he leído por ahí,
es que en la película se obvia el éxito (moderado) que Rodriguez tuvo en países
como Australia o Nueva Zelanda, en los que llegó a girar a finales de los 70 y
principios de los 80. No es que nos tengan que contar absolutamente todo lo que
ha hecho en la vida este hombre, pero podrían haber nombrado, aunque fuera por
encima, que hubo sitios en los que si que recibió cierto reconocimiento y
realizó giras. Pero claro, esto restaría épica al relato…
Todo esto no quita para que el documental se vea con interés, y no se haga aburrido. Es reconfortante encontrar a un artista realmente comprometido con su obra, y que se ha mantenido fiel a sí mismo, pero que no ha buscado labrarse una fama de proscrito ni convertirse en un icono: este hombre actuó durante toda su vida como el creía que tenía que hacerlo, sin darse importancia por ello, y lo que es más importante, sin sermonear a nadie. Esto es algo a alabar a día de hoy, cuando cualquier persona se dedica a esgrimir su ideología (que, además en muchas ocasiones se trata de una pose de cara a la galería…) y manera de vivir como si fueran el único modo, ético y estético, de hacerlo. En este aspecto resultan entrañables las secuencias en las que vemos a Rodriguez contar lo sucedido, momentos en los que percibimos su timidez y, lo que es aun más admirable, su total falta de rencor por lo que le ha tocado vivir. Se muestra satisfecho y disfruta de ello, sin lanzar veneno a cada comentario por no haber recibido el reconocimiento que probablemente merecía. También me gustan aquellas secuencias en las que entrevistas al dueño de la discográfica con la que editó sus álbumes, que niega con (risible) vehemencia haber recibido ningún dinero de las más que importantes ventas del disco en Sudáfrica. Y por supuesto, las imágenes de archivo de los multitudinarios conciertos que dio a principios del presente siglo en Sudafrica, en las que resulta palpable la emoción tanto del artista como del público.