Gep Gambardella (impresionante Toni Servillo) es un escritor que, cuarenta años después de escribir su único libro "El aparato humano", del que aun se sigue hablando, se dedica unicamente a escribir articulos por encargo que le permiten llevar su cómodo y elevado nivel de vida y seguir siendo la persona que todos quieren en las mejores fiestas de Roma. Sin embargo, tras celebrar su 65 cumpleaños, se da a la fuga de su propia fiesta y se dedica a vagar por la ciudad haciendo lo que lleva toda su vida haciendo: buscar la belleza.
La verdad es que ha sido una experiencia curiosa esta "La gran belleza". Cuando la vi en el cine hace unos días, me gustó, y algunos momentos me parecieron francamente brillantes, pero también tengo que reconocer que me parecieron excesivas las alabanzas que ha recibido. Sin embargo ahora que he dejado que transcurran unos días, cuando vuelvo a pensar en ella, me encuentro sonriendo. Y eso es algo que nunca puede ser malo.
Ya la cita con la que da inicio la película, sacada de "Viaje al fin de la noche" de Louis-Ferdinand Celine, es toda una declaración de principios de por donde van a ir los tiros. Al igual que el libro, se trata de una estructura más episódica que narrativa, guiada por un protagonista (que deviene más bien en un observador...) desde cuyo punto de vista descarnado y brillante vamos siguiendo lo que acontece. Si uno va buscando una trama típica con inicio, nudo y desenlace se sentirá defraudado y no entrará en la película. Pero si uno se deja llevar por la envolvente puesta en escena y los brillantes diálogos de Sorrentino, se convierte en una grata experiencia. Y como queda claro viendo el trailer y las fotos que acompañan la entrada, Fellinni y su "La dolce vita" también están en la recamara, pero no asustarse, que esta propuesta es bastante más accesible que la epopeya de Marcelo...
Como ya anuncia el título, el protagonista tiene el don de saber encontrar la belleza. Puede verla en los pechos de un stripper madura, en un coro de niños en una iglesia, en el olor de las casas de los viejos, en una escultura, en el rostro de una monja de 103 años o en una bandada de flamencos a mitad de su regreso desde África. En todos estos sitios está. Y Sorrentino sabe muy bien como mostrarla con imagenes que se quedan grabadas en la retina. Pero también sabe que esa belleza es imposible de agarrar. Dura solo un instante y al poco se desvanece o muta en algo vulgar o vacio. Empujado por la imposibilidad de lograr retenerla para siempre, el protagonista parece vagabundear por la ciudad persiguiendola, sin atarse a nada ni a nadie ni emocional ni economicamente. Por desgracía, unido a este don también va la maldición de ser consciente de todo lo aburrido, hortera y superficial que hay en el mundo. Como queda claro en la secuencia de la fiesta, la segunda de la película, en la que el protagonista queda abstraido de lo que le rodea mediante un estupendo uso de la cámara lenta para aclararnos que esa fiesta, con todo su sensualidad y su desenfreno, no le dice nada.
Ya la cita con la que da inicio la película, sacada de "Viaje al fin de la noche" de Louis-Ferdinand Celine, es toda una declaración de principios de por donde van a ir los tiros. Al igual que el libro, se trata de una estructura más episódica que narrativa, guiada por un protagonista (que deviene más bien en un observador...) desde cuyo punto de vista descarnado y brillante vamos siguiendo lo que acontece. Si uno va buscando una trama típica con inicio, nudo y desenlace se sentirá defraudado y no entrará en la película. Pero si uno se deja llevar por la envolvente puesta en escena y los brillantes diálogos de Sorrentino, se convierte en una grata experiencia. Y como queda claro viendo el trailer y las fotos que acompañan la entrada, Fellinni y su "La dolce vita" también están en la recamara, pero no asustarse, que esta propuesta es bastante más accesible que la epopeya de Marcelo...
Como ya anuncia el título, el protagonista tiene el don de saber encontrar la belleza. Puede verla en los pechos de un stripper madura, en un coro de niños en una iglesia, en el olor de las casas de los viejos, en una escultura, en el rostro de una monja de 103 años o en una bandada de flamencos a mitad de su regreso desde África. En todos estos sitios está. Y Sorrentino sabe muy bien como mostrarla con imagenes que se quedan grabadas en la retina. Pero también sabe que esa belleza es imposible de agarrar. Dura solo un instante y al poco se desvanece o muta en algo vulgar o vacio. Empujado por la imposibilidad de lograr retenerla para siempre, el protagonista parece vagabundear por la ciudad persiguiendola, sin atarse a nada ni a nadie ni emocional ni economicamente. Por desgracía, unido a este don también va la maldición de ser consciente de todo lo aburrido, hortera y superficial que hay en el mundo. Como queda claro en la secuencia de la fiesta, la segunda de la película, en la que el protagonista queda abstraido de lo que le rodea mediante un estupendo uso de la cámara lenta para aclararnos que esa fiesta, con todo su sensualidad y su desenfreno, no le dice nada.

Una gran película. Que descoloca, pero que deja buen sabor de boca y va mejorando con el paso de los días. Y además logró que me quedara en la butaca hasta que acabarán el bellísimo travelling sobre el que se nos muestran los créditos, en el que la cámara vuela sobre el Tiber, como si los ojos de Gep siguieran buscando la belleza...